La historia de Pancracio Gómez, es sin lugar a dudas curiosa y ha de estar en los anales (con perdón) de las biografías imposibles. Pancracio Gómez nació en el seno de una familia humilde, y paso su infancia pegado a los senos de la matriarca de esta humilde familia. La humildad de esta familia se debía, sobre todo, a todo lo que debían. Debían a bancos , debían a vecinos, se debían entre ellos. Este fue uno de los temas con los que Pancracio comenzó a componer, cuando tan solo tenía 3 años de edad. En una cena de Navidad, Pepe, que es así como llamaban al joven Pancracio aquellos que desconocían su nombre, empezó, pandereta en mano (y ciento volando), a entonar con la música del célebre villancico estos versos: “pero mira como deben los Gómez en el barrio, pero mira como deben, lo gastan todo en Larios” Esta estrofa conmovió a toda la familia, hasta el punto que el niño no volvió a salir de su habitación en una semana … Pancracio siguió creciendo, no en estatura pero tampoco en intelecto.
Su crecimiento puede ser considerado como un claro ejemplo de Involución ontogénica, fenómeno sucedido a otros personajes de la historia como Augusto L. Que empezó siendo anciano para acabar en el útero de su madre. Al cumplir los diez años Pancracio ya se consideraba un consumado poeta, y es poeta razón por la que en su escuela le llamaban de todo: pesao, cantamañanas y e incluso cosas peores, que si bien no se merece nadie que se lo llamen, él si se lo merecía. Su vida en la escuela fue dura, sobretodo para maestros y compañeros …
Cualquier cosa que se decía en el aula le servía para componer una de sus llamadas (por él mismo) “cancioncillas ingeniosas”. También sus compañeros llamaban a sus composiciones cancioncillas ingeniosas, pero con un sentido irónico, bien distinto al utilizado por Pancracio. Todo comenzó hablando de los Austrias. Su profesor de Historia hablaba de los reinados en España de los Austrias y de los Borbones. El simpático niño alzo su voz para cantar eso de: “Austrias … patria querida austrias y los Borboneess”
La expectación entre sus compañeros en ese momento fue increíble, nunca le habían caído en la cabeza a nadie tantas gomas de borrar, … hubo quien incluso le tiró un pupitre en la cabeza, hecho, este último, pasado por alto por su profesor, autor del lanzamiento. Las clases se hacían interminables. Todo lo dicho por el maestro era apuntillado por Pancracio de forma compulsiva. Hasta el punto esto era así que tenía una canción para cada uno de sus compañeros una vez que les nombraban al pasar lista.
El odio era generalizado. Se pensó en cambiarle de colegio. El chico respondió con una canción: “no cambie no cambie no cambie” Era insoportable la situación (y el chico sobretodo). Fue a innumerables psicólogos e incluso dicen que a algún psiquiatra, pero las fuentes no son fiables (ni las fuentes ni las marquesinas). Le atendió en su consulta el célebre Dr. Parga, tras varias sesiones llegó a una conclusión que dejó a todos boquiabiertos: ¡¡el niño padecía una extraña enfermedad que consistía en hacer canciones de todo!! Quien se lo iba a imaginar … – “su hijo no compone canciones sino que las descompone, provoca un efecto laxante al comenzar a cantar” – dijo a sus padres el prestigioso doctor.
El niño se convirtió en un adolescente, y con la adolescencia (además de los granos) llegan las novias. Llegan las novias en algunos casos. En su caso no. Estaba más solo que la una y esto le inspiraba múltiples canciones: Estaba solo porque cantaba, al estar solo seguía cantando, así que siempre estaba solo … era la cola que se muerde la pescadilla. No paraba de cantar, cantaba a todas horas, e incluso le cantaban los pies … Llego el momento en el que tuvo que ir a la facultad. Se abría en su vida el ciclo de la universidad. Fue una etapa en la que encajo muy bien en un determinado sector. Cumplía todos los requisitos necesarios para integrarse en un colectivo, y eso hizo: Pancracio se metió en la tuna y salió a las tres semanas a patadas. La inmersión de nuestro protagonista en el mundo laboral fue una inmersión dura.
Nada que envidiar a las inmersiones del Comandante Jaques Costeau. Empezó trabajando de vendedor de enciclopedias de cíclopes, trabajo difícil por la especificidad del tema a tratar por estas enciclopedias , y también difícil por la difícil rima de la palabra cíclope ,que le impedía componer sonetillos. Esto provocó en Pancracio un claro estado de bloqueo artístico, ya visto en otros autores de la fama de Luis Cobos, entre otros. No podía componer y componer era su vida, así que dejo este trabajo, que bien podría haberle servido de terapia para eliminar de su vida la pauta conductual de la descomposición de estas cancioncillas.
Trabajó de todo, fueron múltiples los empleos que desempeñó, y múltiples los cristales que desempañó en su siguiente ocupación de limpiacristales de la torre Picasso en Madrid. Este era el trabajo de altura que siempre quiso encontrar, y que al fin halló. Poco duró en este trabajo. Según iba pasando por cada piso, apostillaba cada comentario que hacían sus ocupantes con sus alegres descomposiciones musicales, interrumpiendo las diferentes reuniones de las diferentes empresas y provocando diferentes y grandiosas pérdidas económicas en dichas empresas. Su finiquito no fue una gran pérdida para estas empresas, si bien lo fue para aquellas otras empresas que, ingenuas de ellas, contrataron sus servicios en fechas posteriores.
Actualmente Pancracio Gómez se encuentra trabajando en una Tómbola de Feria, repartiendo innumerables premios, y aprovechando su ingenio para componer rimas de animación al público. Es un hombre con un gran reconocimiento dentro de este mundo, siendo considerado el creador de las frases “Que alegría que alboroto, me ha tocado el perro piloto”, u otras como “que habrá de nuevo, dentro de este huevo” … Si usted lo encuentra por ahí, y busca motivos para el suicidio, no dude en contratar sus servicios …
by ferreret

